Estamos alojados en San Juan Capistrano, a unos 90 km de Los Ángeles capital. Todo, absolutamente todo está escrito en español. La población es en gran medida hispanohablante. El pouporri que llevo de inglés, español, catalán y árabe me ha hecho perder el norte y creo que estoy inventando un idioma nuevo... reíros de las conversaciones entre Légolas y Aragorn, que cuando me oigáis a mí...
Aparte de la familia y sus costumbres hay algo que me hace sentirme a ratos como en Siria: la comida. Exquisita. Reconozco que disfruto comiendo. La variedad de platos, pan y postres hechos por mis tías y mis primas es digno de admirar. Comemos en la mesa, en el suelo, hacemos barbacoas, nos juntamos ciento y la madre. Hay un motivo de alegría que para ellos es muy importante: una boda. Mi primo se la juega. Cabroncete, no será por el viaje a Hawai, ¿no? Su jajaja como respuesta me hace hasta dudar. Las reuniones familiares acaban en cantes, bailes, aplausos, risas, fotos, videos... no veais la juerga que se montan sin nada más que la alegría de estar juntos y celebrar dicho acontecimiento. Yo, por supuesto, me uno a la fiesta. No sé si ríen alegres de verme bailar con ellos o es que no doy ni una con las danzas árabes. Seguramente lo segundo, porque aquí un servidor, baila mal hasta la conga.
La boda sigue unas pautas parecidas a las de cualquiera en España vía religiosa: encuentro en la iglesia, el novio que espera a la novia, la misa, las felicitaciones y todos a la cena-fiesta. Los detalles, marcan la diferencia. Lo que más llamo la atención es que habían 7 padrinos y 8 madrinas. Y vestían todos y todas igual. Y me quejaba yo de que me vistieran como mi hermano cuando era pequeño...
En fin, historias de bodas, familia y reencuentros. Hasta la próxima boda, toca viajar y conocer sitios. Os explicaré en próximos posts...
Besos de pastel. Souhel.

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